Un precioso relieve decorativo circular de inspiración clásica grecorromana, realizado en yeso y acabado en tonos beige y marrones que le dan apariencia de madera envejecida.
Representa una figura femenina ataviada con túnica, junto a un pedestal adornado con vasijas y racimos de uvas. Una pieza con ese encanto de las decoraciones clásicas, que parece haber viajado desde otro tiempo.
Lleva un enganche en la parte posterior para colgarlo, aunque ya tengo decidido que no va a quedarse dentro de casa… estoy pensando en colocarlo en el huerto delantero o en el patio trasero, entre plantas y vegetación, donde creo que puede adquirir todavía más personalidad.
Porque parte de la magia de los mercadillos está precisamente en encontrar piezas que, aunque hayan tenido otra vida, todavía tienen mucho que contar
Madeira: el vino que convirtió el calor y el oxígeno en virtud
Hay vinos que nacen de una tradición, otros de un territorio y algunos, como el Madeira, parecen haber nacido de una casualidad histórica. Pocos vinos en el mundo tienen una personalidad tan marcada y una historia tan ligada a los viajes, al comercio marítimo y a la propia geografía del lugar donde se producen.
La isla de Madeira, es territorio portugués situado en el Atlántico y de origen volcánico. Su relieve abrupto, sus suelos y su particular clima han condicionado desde hace siglos la manera de cultivar la vid. Pero si hay algo que hace verdaderamente singular al vino de Madeira no es solamente la uva: es la maravillosa manera en que este vino ha aprendido a convivir con dos de los grandes enemigos de la conservación del vino convencional: el calor y el oxígeno.
Un vino nacido en una isla y pensado para viajar
La historia del vino de Madeira está íntimamente ligada a la posición estratégica de la isla. Desde los primeros tiempos de su colonización, la viticultura adquirió importancia y las exportaciones comenzaron muy pronto. Madeira se convirtió en una escala fundamental de las rutas marítimas atlánticas y sus vinos viajaron hacia Europa, las Indias y, de manera muy destacada entre los siglos XVI y XVIII, hacia las Américas.
Y aquí aparece una de las historias más fascinantes del vino de Madeira.
En aquella época, el vino tenía que soportar largas travesías oceánicas. Permanecía durante semanas o meses en las bodegas de los barcos, sometido a temperaturas elevadas, oxidación y al movimiento continuo de la navegación. Lo que para cualquier otro vino habría sido un serio problema podía tener en el Madeira un efecto sorprendente: lejos de arruinarlo, aquellas condiciones contribuían a aportarle y desarrollar aromas, sabores y una complejidad extraordinarios.
Los comerciantes descubrieron así que determinados vinos que habían realizado largos viajes por mar regresaban con unas características que los hacían especialmente apreciados.
El viaje se convirtió, de alguna manera, en parte de la elaboración de estos vinos.
Con el tiempo, los viticultores y productores, aprendieron a reproducir de forma controlada aquellas condiciones sin necesidad de enviar las barricas a través del Atlántico. En el siglo XVIII se introdujo el método de envejecimiento conocido como estufagem, que acabaría convirtiéndose en una de las señas de identidad del vino de Madeira.
Océano Atlantico, desde la Boca do Infierno, Portugal
Cuando el calor y el oxígeno dejan de ser enemigos
En la elaboración de un vino convencional, el enólog@ intenta proteger el vino del exceso de oxígeno y de las temperaturas elevadas. En Madeira ocurre algo extraordinario: se utilizan precisamente el calor y la oxidación controlada para la elaboración de este vino y darle su identidad.
El vino se fortifica y posteriormente puede someterse a un proceso de calentamiento controlado. En el sistema de estufagem, el vino se mantiene en recipientes calentados durante un determinado periodo; existen también métodos tradicionales de envejecimiento en madera, más lentos y asociados a vinos de mayor categoría.
Por eso no sería del todo correcto decir que todo Madeira se calienta exactamente a 50 ºC: la temperatura, el tiempo y el método dependen del sistema de elaboración. Pero sí podemos quedarnos con la idea principal: el vino Madeira está fortificado, soporta y aprovecha unas condiciones que destruirían a muchos otros vinos.
Y el resultado es sorprendente. La oxidación y el calentamiento generan una enorme complejidad aromática y gustativa, con notas que pueden recordar a frutos secos, caramelo, especias, madera, fruta confitada y tostados, junto con una acidez que aporta equilibrio.
La paradoja de un vino que casi no envejece una vez abierto
La consecuencia de todo este proceso es otra de las grandes peculiaridades del vino de Madeira.
Es un vino extraordinariamente longevo. Una botella bien conservada puede mantenerse durante décadas y, en algunos casos, durante muchísimo más tiempo. Pero además, una vez abierta, el Madeira suele conservarse durante mucho más tiempo que un vino convencional.
Es otra paradoja maravillosa: el oxígeno, que normalmente tratamos de evitar cuando abrimos una botella, forma parte precisamente de la identidad de este vino.
Esto explica también por qué existen Madeiras históricos de una longevidad extraordinaria. La naturaleza y el caracter de este vino tiene la función o carcteristica de resistir al paso del tiempo.
Vino Madeira, foto extraida de la red
Las uvas: cuatro nombres fundamentale
Aunque actualmente se emplean diversas variedades en la elaboración del Madeira, cuatro nombres aparecen inevitablemente cuando se habla de sus estilos tradicionales:Sercial, Verdelho, Boal y Malvasia. A ellas hay que añadir laTinta Negra, fundamental en la producción moderna, además de otras variedades como Terrantez.
Sercial: la expresión más seca
La Sercial es la variedad asociada tradicionalmente a los vinos de Madeira más secos. Su alta acidez proporciona frescura y tensión y hace que estos vinos sean adecuados como aperitivo.
Precisamente esa acidez es una de las características que hacen que el Madeira pueda mantener un equilibrio extraordinario incluso después de haber sido sometido a calentamiento, fortificación y oxidación.
Verdelho: el equilibrio
La Verdelho suele dar lugar a vinos de estilo semiseco o medio seco, con un equilibrio muy atractivo entre dulzor y acidez.
Es uno de los estilos que mejor permite comprender que un Madeira dulce no tiene por qué resultar pesado: la acidez es uno de los grandes secretos de este vino.
Boal o Bual: el lado semidulce
La Boal, conocida también como Bual, se asocia a Madeiras semidulces, más redondos y golosos, pero de nuevo sostenidos por una acidez que evita que el conjunto resulte excesivamente empalagoso.
Es un vino magnífico para acompañar quesos y determinados postres.
Malvasia: la más dulce y legendaria
La Malvasia, conocida internacionalmente como Malmsey, está vinculada a los Madeiras más dulces. Tiene además una enorme importancia histórica en la isla.
La tradición vitivinícola de Madeira conserva diferentes tipos de Malvasia, entre ellas Malvasia-Cândida y Malvasia-de-São-Jorge.
Tinta Negra: la gran protagonista
Y después está la Tinta Negra, una variedad introducida en Madeira en el siglo XVIII que se adaptó extraordinariamente bien a las condiciones de la isla.
Es una variedad muy versátil y puede producir los cuatro grandes estilos de Madeira: seco, medio seco, medio dulce y dulce. Según el organismo oficial del vino de Madeira, representa aproximadamente entre el 80 y el 85 % de la producción de Vinho Madeira.
Por eso, aunque cuando hablamos del Madeira tradicional solemos pensar inmediatamente en Sercial, Verdelho, Boal y Malvasia, la Tinta Negra es fundamental para entender la producción actual.
De la bodega del barco a las colonias americanas
El Madeira llegó a convertirse en uno de los vinos más apreciados del mundo atlántico. Durante los siglos XVII y XVIII tuvo una extraordinaria presencia en las colonias británicas de América y se convirtió en una bebida asociada a las clases acomodadas.
Era, además, un vino especialmente adecuado para aquellos territorios porque su fortificación y su proceso de elaboración le permitían resistir mejor los largos viajes oceánicos. En el siglo XVIII llegó a ser uno de los vinos más importantes del llamado Nuevo Mundo.
Y aquí aparece una de las historias más famosas relacionadas con el Madeira y la independencia de Estados Unidos.
La documentación y la tradición histórica relacionan estrechamente el vino de Madeira con los llamadosPadres Fundadores. Thomas Jefferson fue un conocido aficionado al Madeira y George Washington también lo consumía en cantidades considerables.
Existe además la tradición de quela Declaración de Independencia estadounidense de 1776 fue celebrada con un brindis de Madeira. El propio organismo oficial del vino de Madeira recoge este episodio al hablar de la celebración de la independencia de Estados Unidos.
Conviene, eso sí, contar la historia con cierta prudencia: no deberíamos afirmar que sabemos con absoluta certeza qué botella concreta se utilizó en la firma de la Declaración. Lo que sí está perfectamente documentado es la enorme popularidad del Madeira en la América colonial y su estrecha relación con las figuras de la independencia.
De hecho, tras la evacuación británica de Nueva York en 1783, George Washington y sus hombres fueron agasajados con brindis de Madeira, Oporto yarrack punch.
Así que el Madeira no fue simplemente un vino que llegó a América: formó parte de la cultura y de la vida social de la América colonial.
Un vino que puede ir de lo seco a lo dulce
Una de las cosas más interesantes para quien se acerca por primera vez al Madeira es que no existe un único perfil.
Podemos encontrar Madeiras:
Secos, especialmente adecuados como aperitivo.
Medio secos, magníficos para acompañar determinados entrantes y sopas.
Medio dulces, que funcionan especialmente bien con quesos.
Dulces, extraordinarios con postres, chocolate o incluso junto al café.
Y aquí aparece otra de las grandes claves del Madeira: dulzor y acidez caminan juntos. Esa combinación es la que permite que incluso los vinos dulces tengan frescura y longitud.
Un vino para beber, pero también para cocinar
El Madeira no es solamente un vino para la copa. Su concentración, acidez y complejidad han hecho que también tenga un importante papel gastronómico.
Puede utilizarse para aportar profundidad a salsas y preparaciones culinarias, y forma parte de la tradición gastronómica portuguesa y, especialmente, de la cocina de Madeira.
Pero quizá la mejor manera de entenderlo sea simplemente probarlo.
Una copa de Sercial nos llevará hacia el lado seco y fresco; un Verdelho mostrará un equilibrio diferente; un Boal nos conducirá hacia las notas semidulces, y una Malvasia nos permitirá descubrir el lado más dulce, profundo y envolvente del Madeira.
Más de cinco siglos de historia en una copa
Resulta difícil separar el vino de Madeira de la historia de la propia isla.
Recordamos como he anotado anteriormente que nació en un territorio atlántico de origen volcánico, creció gracias a las rutas marítimas, se hizo internacional en las bodegas de los barcos y encontró en América uno de sus grandes mercados. Aprendió a transformar el calor y el oxígeno —enemigos naturales del vino— en aliados y terminó convirtiendo la oxidación en una de sus principales señas de identidad.
Hoy, el vino de Madeira continúa siendo una de las grandes joyas enológicas de Portugal. El organismo regional responsable de su certificación y control de calidad es elInstituto do Vinho, do Bordado e do Artesanato da Madeira (IVBAM).
Quizá por eso, cuando viajemos a Madeira y levantemos una copa de este vino, no estaremos simplemente probando un vino generoso portugués.
Estaremos bebiendo una pequeña parte de la historia del Atlántico.
Un vino que sobrevivió a los largos viajes oceánicos, que convirtió el calor y la oxidación en virtud, que conquistó las mesas europeas y americanas y que llegó a estar presente, de una manera u otra, en algunos de los momentos decisivos de la historia moderna.
El Madeira es, en definitiva, un vino que aprendió a viajar para descubrir quién quería ser. Y cuando regresó a su isla, ya se había convertido en un vino único.
* Fuentes para completar mis apuntes : vinhomadeira.com y Smithsonian.Magazine
He amanecido aún embriagada de versos y vino, con el eco de la magnífica velada de anoche resonando en mi memoria. En perfecta armonía: poesía y vino. Un verdadero lujo escuchar a las poetas Carla Friebe y Nuria Ortega Riba, que pusieron el broche final al ciclo cultural “ Refugio de Vino y Versos”, celebrado en el Patio de los Ingenios de Motril y organizado por el Aula de Pensamiento FJB.
Durante todos los viernes del mes de julio, este espacio ha acogido un encuentro único entre literatura y enología, en el que Bodegas Mar ha colaborado aportando los vinos de Bodegas Calvente para acompañar cada una de las veladas.
Ha sido un magnífico cierre para un ciclo que ha reunido versos, vino y la mejor compañía de amigos y amantes de la cultura.
Para mí ha sido un verdadero placer colaborar presentando Bodegas Calvente y guiando la cata de sus vinos, acercando con sencillez a los asistentes la posibilidad de disfrutar aún más cada vino, dejando que nos sorprenda y acercándonos al lenguaje del vino.
Mi más sincero agradecimiento al Aula de Pensamiento FJB, especialmente a Gerardo y a Juanjo, por la confianza depositada en mí y por brindarme la oportunidad de formar parte de este magnífico foro. Cierro este ciclo muy agradecida por todo lo que he vivido, he compartido y he aprendido. Y por las personas que he conocido.
¡Salud, amor y poesía! Gracias a todos los que lo habéis hecho posible y a quienes nos habéis acompañado en este sabroso maridaje de versos, vino y emociones.
Rosado, clarete y vino costa: tres vinos que se parecen... pero no son lo mismo
Hay una pregunta que me hacen con bastante frecuencia cuando hablamos de vino: ¿un vino rosado, un clarete y un vino costa, son lo mismo? La respuesta es rotundamente no.
Centremonos en los dos primeros : rosado y clarete. Es cierto que, ambos comparten una gama de colores similar y que, en ocasiones, incluso se confunden en la copa. Sin embargo, su origen, su forma de elaboración y su personalidad son diferentes.
Rosado de Bodegas Piedras Blancas, Torvizcón
El próximo 17 de julio, durante el encuentro Versos y Vinos, del Aula de Pensamiento FJB de Motril, presentaré un vino rosado y es por ello, por lo que he pensado en escribir sobre las diferencias entres estos tres vinos que parecen tan similares.
Fermentación Rosado Bodegas Piedrs blancas.
El vino rosado
En el vino rosado las protagonistas son las uvas tintas. Su principal característica es que hace una fermentación en virgen, sin contacto con la piel de la uva. Se elabora igual que un vino blanco.
Cuando el mosto ha adquirido el tono deseado, se separa de las pieles y la fermentación continúa como si se tratara de un vino blanco, normalmente a baja temperatura para preservar toda la intensidad aromática.
El resultado es un vino de color rosa pálido, rosa fresa o incluso salmón, brillante y muy atractivo.
En nariz predominan los aromas de frutas rojas frescas —fresa, frambuesa o cereza—, junto a recuerdos florales y, en algunos casos, notas que evocan la piruleta o las golosinas. En boca es fresco, ligero, muy refrescante y con una agradable acidez.
Momento de la Fermentación Rosado
El vino clarete
El clarete, por el contrario, tiene una elaboración diferente. Tradicionalmente se obtiene mediante la fermentación conjunta de uvas tintas y blancas, siendo las tintas mayoritarias, aunque las blancas deben representar al menos un porcentaje significativo. Este vino fermenta con la piel de la uva.
Previamente se realiza la maceración donde la piel está en contato con el mosto y coger color pero aún ls levaduras no están transformando los azucares en alcohol ( porque se mantienen a baja temperatura y eso hace que no arranque la fermentación), hasta que no tengan más temperatura. Luego se quita la piel de la uva, se eleva la temperatura y es en ese momento,cuando arranca la fermentación, tras la maceración prefermenttiva.
Enotnces el vino clarete, se elabora al estilo del tinto. Obtenemos el color mediante una maceracion prefermentativa, posteriormente eliminamos los hollejos y arranca la fermentación Por ello, el clarete suele presentar un color más intenso, que puede ir desde un rosa subido hasta tonos cobrizos o anaranjados.
Sus aromas recuerdan más a flores silvestres, matorral mediterráneo, frutas de hueso como el melocotón o la pera y, dependiendo de las variedades empleadas, incluso pueden aparecer ligeros recuerdos especiados.
En boca conserva una buena frescura, pero ofrece mayor cuerpo, complejidad y estructura que un rosado, aunque sin alcanzar la intensidad de un vino tinto.
Tere y Encarni, Jurado de Cata de vinos Albondón 2026
Una forma sencilla de entenderlos
Existe una frase que resume muy bien la diferencia entre ambos: El rosado es un tinto elaborado como un blanco. El clarete es un vino elaborado con uvas blancas y tintas, mediante una vinificación más cercana a la de un tinto.
No es una definición académica, pero creo que nos puede ayudar mucho a comprender por qué dos vinos de aspecto parecido pueden ser tan diferentes.
Diferencias de consumo
También existen diferencias culturales en la forma de consumirlos.
El rosado vive actualmente un magnífico momento, hay mucha gente que se está acercando a ellos, tanto consumiendolos como conociendolos. Sus colores pálidos y su frescura lo han convertido en un vino muy apreciado por los consumidores jóvenes y de mediana edad, ideal para el verano.
En cambio, el clarete sigue estando más arraigado al mundo rural y a las elaboraciones tradicionales. Muchas personas mayores lo identifican con el vino que antiguamente se elaboraba en las casas y cortijos para el consumo familiar o para vender en las tabernas del pueblo.
A menudo escuchamos tópicos como que el rosado es "un vino para quien no le gusta el vino" o que el clarete es "un tinto flojo". Ninguna de las dos afirmaciones hace justicia a estos vinos, sencillamente son diferentes y cada uno tiene su caracter y una elaboración diferente.
¿En qué copa los servimos?
El rosado suele servirse en copa de vino, buscando apreciar todos sus aromas y mantener mejor su temperatura para degustarlo bien.
El clarete, especialmente en muchas zonas rurales de Castilla o Andalucía, continúa sirviéndose con frecuencia en el tradicional chatillo o vaso pequeño, una costumbre heredada de las tabernas y bodegas.
El maridaje
El rosado marida magníficamente con:
Sardinas espetadas, mariscos, ensaladas, arroces, pescados fritos o a la parrilla, ensaladas, pastas..
El clarete, gracias a su mayor estructura, acompaña muy bien:
Embutidos, morcillas y chorizos, lomo en horza, carnes a la brasa, chacinas, guisos tradicionales...
Y ahora... el Vino Costa
Quisiera terminar hablando de un vino muy nuestro, muy granadino y sobre todo en la Costa Tropical de Granada. Aún es poco conocido fuera de nuestra tierra , me refiero al Vino Costa.
Aunque muchas personas podrían pensar que es un rosado, en realidad, por su forma de elaboración, se aproxima mucho más al clarete. En breve, realizaré otra entrada en este blog solo para este vino.
Se trata de un vino tradicional, artesanal y me atrevería a decir que ecologico, por el cuidado y buen hacer en viña y en bodega. Se cosecha y elabora en la Sierra de la Contraviesa, dentro de la Alpujarra granadina, a partir de viñedos situados entre los 1.000 y los 1.400 metros de altitud, uno de los viñedos de montaña más singulares de Andalucía.
Bodega Piedras Blancas, Torvizcon
Su elaboración mantiene una tradición centenaria. En el lagar se mezclan distintas variedades blancas y tintas procedentes del mismo viñedo: Vigiriega, Tempranillo, Garnacha, Syrah, Jaén blanco... algunas cepas o viñedos están plantados desde antes de la filoxera, sobreviviendo a ella, constituyendo un auténtico patrimonio vitícola, otras variedades fueron injertadas tras la filoxera.
De la mezcla de uvas blancas y tintas, nace el mosto que fermentará posteriormente, dando lugar a un vino con esencia propia.
Históricamente, este vino se bajaba desde La Alpujarra- Contraviesa hasta los pueblos de la Costa Tropical para su venta, llegaban de pueblos como Albondón, Albuñol, Polopos, el paraje del Haza del Lino, Cástaras, Cádiar, Murtas o de parajes o cortijos como Piedras Blancas. En la Costa gustaba mucho y alcanzó tanta fama y aceptación que terminó siendo conocido simplemente como Vino Costa, nombre que ha llegado hasta nuestros días.
Queda explicado y entendemos que el Vino Costa no recibe ese nombre porque se elaborase en la Costa, sino porque tradicionalmente se bajaba desde la Contraviesa y la Alpujarra para venderse en la Costa Tropical ( Almuñécar, Motril,..) donde alcanzó una gran popularidad. Ese matiz enriquece mucho la historia del vino y merece la pena conservarlo.
¿Cómo es el Vino Costa?
Su color suele presentar tonos rosados intensos, cobrizos o ligeramente anaranjados, muy próximos a los claretes tradicionales. En nariz resulta muy afrutado, con recuerdos de fruta madura, flores y monte bajo. En boca sorprende por su equilibrio: es fresco, agradable, con buena acidez, un paso sedoso y un retrogusto persistente que demuestra que juventud no está reñida con personalidad.
Su maridaje es profundamente andaluz: Plato alpujarreño, migas con melón o con naranja, pescados fritos, quesos, carnes a la brasa, morcillas y chorizos, embutidos tradicionales,..
Brindis y cortijo-bodega Piedras Blancas al fondo.
En definitiva
El rosado, el clarete y el Vino Costa pueden parecer vinos similares por su color, pero cada uno posee una identidad propia, una historia y una forma de elaboración diferente.
Conocer estas diferencias nos permite apreciar mejor el trabajo de los viticultores y enólogos y, sobre todo, disfrutar cada copa sabiendo qué hay detrás de ella.
Porque el vino no solo se bebe; también se comprende, se comparte y se cuenta. Y pocas tierras tienen tantas historias que contar como la nuestra.