viernes, 28 de agosto de 2026

El vino exclusivo de la isla portuguesa de Madeira.

 

Playa de Parede, Costa de Portugal 

Madeira: el vino que convirtió el calor y el oxígeno en virtud

Hay vinos que nacen de una tradición, otros de un territorio y algunos, como el Madeira, parecen haber nacido de una casualidad histórica. Pocos vinos en el mundo tienen una personalidad tan marcada y una historia tan ligada a los viajes, al comercio marítimo y a la propia geografía del lugar donde se producen.

La isla de Madeira, es territorio portugués situado en el Atlántico y de origen volcánico. Su relieve abrupto, sus suelos y su particular clima han condicionado desde hace siglos la manera de cultivar la vid. Pero si hay algo que hace verdaderamente singular al vino de Madeira no es solamente la uva: es la maravillosa manera en que este vino ha aprendido a convivir con dos de los grandes enemigos de la conservación del vino convencional: el calor y el oxígeno.

Un vino nacido en una isla y pensado para viajar

La historia del vino de Madeira está íntimamente ligada a la posición estratégica de la isla. Desde los primeros tiempos de su colonización, la viticultura adquirió importancia y las exportaciones comenzaron muy pronto. Madeira se convirtió en una escala fundamental de las rutas marítimas atlánticas y sus vinos viajaron hacia Europa, las Indias y, de manera muy destacada entre los siglos XVI y XVIII, hacia las Américas. 

Y aquí aparece una de las historias más fascinantes del vino de Madeira.

En aquella época, el vino tenía que soportar largas travesías oceánicas. Permanecía durante semanas o meses en las bodegas de los barcos, sometido a temperaturas elevadas, oxidación y al movimiento continuo de la navegación. Lo que para cualquier otro vino habría sido un serio problema podía tener en el Madeira un efecto sorprendente: lejos de arruinarlo, aquellas condiciones contribuían a aportarle y  desarrollar aromas, sabores y una complejidad extraordinarios.

Los comerciantes descubrieron así que determinados vinos que habían realizado largos viajes por mar regresaban con unas características que los hacían especialmente apreciados.

El viaje se convirtió, de alguna manera, en parte de la elaboración de estos vinos.

Con el tiempo, los viticultores y productores,  aprendieron a reproducir de forma controlada aquellas condiciones sin necesidad de enviar las barricas a través del Atlántico. En el siglo XVIII se introdujo el método de envejecimiento conocido como estufagem, que acabaría convirtiéndose en una de las señas de identidad del vino de Madeira
Océano Atlantico, desde la Boca do Infierno, Portugal 

Cuando el calor y el oxígeno dejan de ser enemigos

En la elaboración de un vino convencional, el enólog@ intenta proteger el vino del exceso de oxígeno y de las temperaturas elevadas. En Madeira ocurre algo extraordinario: se utilizan precisamente el calor y la oxidación controlada para la elaboración de este vino y darle su identidad.

El vino se fortifica y posteriormente puede someterse a un proceso de calentamiento controlado. En el sistema de estufagem, el vino se mantiene en recipientes calentados durante un determinado periodo; existen también métodos tradicionales de envejecimiento en madera, más lentos y asociados a vinos de mayor categoría.

Por eso no sería del todo correcto decir que todo Madeira se calienta exactamente a 50 ºC: la temperatura, el tiempo y el método dependen del sistema de elaboración. Pero sí podemos quedarnos con la idea principal: el vino Madeira está fortificado, soporta y aprovecha unas condiciones que destruirían a muchos otros vinos.

Y el resultado es sorprendente. La oxidación y el calentamiento generan una enorme complejidad aromática y gustativa, con notas que pueden recordar a frutos secos, caramelo, especias, madera, fruta confitada y tostados, junto con una acidez que aporta equilibrio.

La paradoja de un vino que casi no envejece una vez abierto

La consecuencia de todo este proceso es otra de las grandes peculiaridades del vino de Madeira.

Es un vino extraordinariamente longevo. Una botella bien conservada puede mantenerse durante décadas y, en algunos casos, durante muchísimo más tiempo. Pero además, una vez abierta, el Madeira suele conservarse durante mucho más tiempo que un vino convencional.

Es otra paradoja maravillosa: el oxígeno, que normalmente tratamos de evitar cuando abrimos una botella, forma parte precisamente de la identidad de este vino.

Esto explica también por qué existen Madeiras históricos de una longevidad extraordinaria. La naturaleza y el caracter de este vino tiene la función o carcteristica de resistir al paso del tiempo.

Vino Madeira, foto extraida de la red

Las uvas: cuatro nombres fundamentale

Aunque actualmente se emplean diversas variedades en la elaboración del Madeira, cuatro nombres aparecen inevitablemente cuando se habla de sus estilos tradicionales: Sercial, Verdelho, Boal y Malvasia. A ellas hay que añadir la Tinta Negra, fundamental en la producción moderna, además de otras variedades como Terrantez. 

Sercial: la expresión más seca

La Sercial es la variedad asociada tradicionalmente a los vinos de Madeira más secos. Su alta  acidez proporciona frescura y tensión y hace que estos vinos sean adecuados  como aperitivo.

Precisamente esa acidez es una de las características que hacen que el Madeira pueda mantener un equilibrio extraordinario incluso después de haber sido sometido a calentamiento, fortificación y oxidación.

Verdelho: el equilibrio

La Verdelho suele dar lugar a vinos de estilo semiseco o medio seco, con un equilibrio muy atractivo entre dulzor y acidez.

Es uno de los estilos que mejor permite comprender que un Madeira dulce no tiene por qué resultar pesado: la acidez es uno de los grandes secretos de este vino.

Boal o Bual: el lado semidulce

La Boal, conocida también como Bual, se asocia a Madeiras semidulces, más redondos y golosos, pero de nuevo sostenidos por una acidez que evita que el conjunto resulte excesivamente empalagoso.

Es un vino magnífico para acompañar quesos y determinados postres.

Malvasia: la más dulce y legendaria

La Malvasia, conocida internacionalmente como Malmsey, está vinculada a los Madeiras más dulces. Tiene además una enorme importancia histórica en la isla.

La tradición vitivinícola de Madeira conserva diferentes tipos de Malvasia, entre ellas Malvasia-Cândida y Malvasia-de-São-Jorge. 

Tinta Negra: la gran protagonista

Y después está la Tinta Negra, una variedad introducida en Madeira en el siglo XVIII que se adaptó extraordinariamente bien a las condiciones de la isla.

Es una variedad muy versátil y puede producir los cuatro grandes estilos de Madeira: seco, medio seco, medio dulce y dulce. Según el organismo oficial del vino de Madeira, representa aproximadamente entre el 80 y el 85 % de la producción de Vinho Madeira. 

Por eso, aunque cuando hablamos del Madeira tradicional solemos pensar inmediatamente en Sercial, Verdelho, Boal y Malvasia, la Tinta Negra es fundamental para entender la producción actual.

De la bodega del barco a las colonias americanas

El Madeira llegó a convertirse en uno de los vinos más apreciados del mundo atlántico. Durante los siglos XVII y XVIII tuvo una extraordinaria presencia en las colonias británicas de América y se convirtió en una bebida asociada a las clases acomodadas.

Era, además, un vino especialmente adecuado para aquellos territorios porque su fortificación y su proceso de elaboración le permitían resistir mejor los largos viajes oceánicos. En el siglo XVIII llegó a ser uno de los vinos más importantes del llamado Nuevo Mundo. 

Y aquí aparece una de las historias más famosas relacionadas con el Madeira y la independencia de Estados Unidos.

La documentación y la tradición histórica relacionan estrechamente el vino de Madeira con los llamados Padres Fundadores. Thomas Jefferson fue un conocido aficionado al Madeira y George Washington también lo consumía en cantidades considerables. 

Existe además la tradición de que la Declaración de Independencia estadounidense de 1776 fue celebrada con un brindis de Madeira. El propio organismo oficial del vino de Madeira recoge este episodio al hablar de la celebración de la independencia de Estados Unidos. 

Conviene, eso sí, contar la historia con cierta prudencia: no deberíamos afirmar que sabemos con absoluta certeza qué botella concreta se utilizó en la firma de la Declaración. Lo que sí está perfectamente documentado es la enorme popularidad del Madeira en la América colonial y su estrecha relación con las figuras de la independencia.

De hecho, tras la evacuación británica de Nueva York en 1783, George Washington y sus hombres fueron agasajados con brindis de Madeira, Oporto y arrack punch. 

Así que el Madeira no fue simplemente un vino que llegó a América: formó parte de la cultura y de la vida social de la América colonial.

Un vino que puede ir de lo seco a lo dulce

Una de las cosas más interesantes para quien se acerca por primera vez al Madeira es que no existe un único perfil.

Podemos encontrar Madeiras:

  • Secos, especialmente adecuados como aperitivo.
  • Medio secos, magníficos para acompañar determinados entrantes y sopas.
  • Medio dulces, que funcionan especialmente bien con quesos.
  • Dulces, extraordinarios con postres, chocolate o incluso junto al café. 

Y aquí aparece otra de las grandes claves del Madeira: dulzor y acidez caminan juntos. Esa combinación es la que permite que incluso los vinos dulces tengan frescura y longitud.

Un vino para beber, pero también para cocinar

El Madeira no es solamente un vino para la copa. Su concentración, acidez y complejidad han hecho que también tenga un importante papel gastronómico.

Puede utilizarse para aportar profundidad a salsas y preparaciones culinarias, y forma parte de la tradición gastronómica portuguesa y, especialmente, de la cocina de Madeira.

Pero quizá la mejor manera de entenderlo sea simplemente probarlo.

Una copa de Sercial nos llevará hacia el lado seco y fresco; un Verdelho mostrará un equilibrio diferente; un Boal nos conducirá hacia las notas semidulces, y una Malvasia nos permitirá descubrir el lado más dulce, profundo y envolvente del Madeira.

Más de cinco siglos de historia en una copa

Resulta difícil separar el vino de Madeira de la historia de la propia isla.

Recordamos como he anotado anteriormente que nació en un territorio atlántico de origen volcánico, creció gracias a las rutas marítimas, se hizo internacional en las bodegas de los barcos y encontró en América uno de sus grandes mercados. Aprendió a transformar el calor y el oxígeno —enemigos naturales del vino— en aliados y terminó convirtiendo la oxidación en una de sus principales señas de identidad.

Hoy, el vino de Madeira continúa siendo una de las grandes joyas enológicas de Portugal. El organismo regional responsable de su certificación y control de calidad es el Instituto do Vinho, do Bordado e do Artesanato da Madeira (IVBAM). 

Quizá por eso, cuando viajemos a Madeira y levantemos una copa de este vino, no estaremos simplemente probando un vino generoso portugués.

Estaremos bebiendo una pequeña parte de la historia del Atlántico.

Un vino que sobrevivió a los largos viajes oceánicos, que convirtió el calor y la oxidación en virtud, que conquistó las mesas europeas y americanas y que llegó a estar presente, de una manera u otra, en algunos de los momentos decisivos de la historia moderna.

El Madeira es, en definitiva, un vino que aprendió a viajar para descubrir quién quería ser. Y cuando regresó a su isla, ya se había convertido en un vino único.

 * Fuentes para completar mis apuntes : vinhomadeira.com  y  Smithsonian.Magazine

domingo, 2 de agosto de 2026

Refugio de Vino y Versos en Motril.- Cuando la poesía brinda con el vino

Carla Friebe y Nuria Ortega Riba

He amanecido aún embriagada de versos y vino, con el eco de la magnífica velada de anoche resonando en mi memoria. En perfecta armonía: poesía y vino. Un verdadero lujo escuchar a las poetas Carla Friebe y Nuria Ortega Riba, que pusieron el broche final al ciclo cultural “ Refugio de Vino y Versos”, celebrado en el Patio de los Ingenios de Motril y organizado por el Aula de Pensamiento FJB.

 

Durante todos los viernes del mes de julio, este espacio ha acogido un encuentro único entre literatura y enología, en el que Bodegas Mar ha colaborado aportando los vinos de Bodegas Calvente para acompañar cada una de las veladas.

 

Ha sido un magnífico cierre para un ciclo que ha reunido versos, vino y la mejor compañía de amigos y amantes de la cultura.

Para mí ha sido un verdadero placer colaborar presentando Bodegas Calvente y guiando la cata de sus vinos, acercando con sencillez a los asistentes la posibilidad de disfrutar aún más cada vino, dejando que nos sorprenda y acercándonos al lenguaje del vino.

Mi más sincero agradecimiento al Aula de Pensamiento FJB, especialmente a Gerardo y a Juanjo, por la confianza depositada en mí y por brindarme la oportunidad de formar parte de este magnífico foro. Cierro este ciclo muy agradecida por todo lo que he vivido, he compartido y he aprendido. Y por las personas que he conocido.

 

¡Salud, amor y poesía! Gracias a todos los que lo habéis hecho posible y a quienes nos habéis acompañado en este sabroso maridaje de versos, vino y emociones.

martes, 14 de julio de 2026

Tres vinos con identidad propia: rosado, clarete y Vino Costa

Cata de vinos Fiestas S. Isidro en Albondón, 2026
                                     

Rosado, clarete y vino costa: tres vinos que se parecen... pero no son lo mismo

Hay una pregunta que me hacen con bastante frecuencia cuando hablamos de vino: ¿un vino rosado, un clarete y un vino costa, son lo mismo? La respuesta es rotundamente no.

Centremonos en los dos primeros : rosado y clarete. Es cierto que, ambos comparten una gama de colores similar y que, en ocasiones, incluso se confunden en la copa. Sin embargo, su origen, su forma de elaboración y su personalidad son diferentes.

Rosado de Bodegas Piedras Blancas, Torvizcón 

El próximo 17 de julio, durante el encuentro Versos y Vinos, del Aula de Pensamiento FJB de Motril, presentaré un vino rosado y es por ello, por lo que  he pensado en escribir sobre las diferencias entres estos tres vinos que parecen tan similares.  

Fermentación Rosado Bodegas Piedrs blancas.

El vino rosado

En el vino rosado las protagonistas son las uvas tintas. Su principal característica es que hace una fermentación en virgen, sin contacto con la piel de la uva. Se elabora igual que un  vino blanco. 

Cuando el mosto ha adquirido el tono deseado, se separa de las pieles y la fermentación continúa como si se tratara de un vino blanco, normalmente a baja temperatura para preservar toda la intensidad aromática.

El resultado es un vino de color rosa pálido, rosa fresa o incluso salmón, brillante y muy atractivo.

En nariz predominan los aromas de frutas rojas frescas —fresa, frambuesa o cereza—, junto a recuerdos florales y, en algunos casos, notas que evocan la piruleta o las golosinas. En boca es fresco, ligero, muy refrescante y con una agradable acidez.

Momento de la Fermentación Rosado 

El vino clarete

El clarete, por el contrario, tiene una elaboración diferente. Tradicionalmente se obtiene mediante la fermentación conjunta de uvas tintas y blancas, siendo las tintas mayoritarias, aunque las blancas deben representar al menos un porcentaje significativo. Este vino fermenta con la piel de la uva. 

Previamente se realiza la maceración donde la piel está en contato con el mosto y coger color pero aún ls levaduras no están transformando los azucares en alcohol ( porque se mantienen a baja temperatura y eso hace que no arranque la fermentación), hasta que no tengan más temperatura. Luego se quita la piel de la uva, se eleva la temperatura y es en ese momento,cuando  arranca la fermentación, tras la maceración prefermenttiva.

Enotnces el vino clarete, se elabora al estilo del tinto. Obtenemos el color mediante una maceracion prefermentativa, posteriormente eliminamos los hollejos y arranca la fermentación Por ello, el clarete suele presentar un color más intenso, que puede ir desde un rosa subido hasta tonos cobrizos o anaranjados.

Sus aromas recuerdan más a flores silvestres, matorral mediterráneo, frutas de hueso como el melocotón o la pera y, dependiendo de las variedades empleadas, incluso pueden aparecer ligeros recuerdos especiados.

En boca conserva una buena frescura, pero ofrece mayor cuerpo, complejidad y estructura que un rosado, aunque sin alcanzar la intensidad de un vino tinto.

Tere y Encarni, Jurado de Cata de vinos Albondón 2026

Una forma sencilla de entenderlos

Existe una frase que resume muy bien la diferencia entre ambos: El rosado es un tinto elaborado como un blanco.  El clarete es un vino elaborado con uvas blancas y tintas, mediante una vinificación más cercana a la de un tinto.

No es una definición académica, pero creo que nos puede ayudar mucho a comprender por qué dos vinos de aspecto parecido pueden ser tan diferentes.

Diferencias de consumo

También existen diferencias culturales en la forma de consumirlos.

El rosado vive actualmente un magnífico momento, hay mucha gente que se está acercando a ellos, tanto consumiendolos como conociendolos. Sus colores pálidos y su frescura lo han convertido en un vino muy apreciado por los consumidores jóvenes y de mediana edad, ideal para el verano.

En cambio, el clarete sigue estando más arraigado al mundo rural y a las elaboraciones tradicionales. Muchas personas mayores lo identifican con el vino que antiguamente se elaboraba en las casas y cortijos para el consumo familiar o para vender en las tabernas del pueblo.

A menudo escuchamos tópicos como que el rosado es "un vino para quien no le gusta el vino" o que el clarete es "un tinto flojo". Ninguna de las dos afirmaciones hace justicia a estos vinos, sencillamente son diferentes y cada uno tiene su caracter y una elaboración diferente. 

¿En qué copa los servimos?

El rosado suele servirse en copa de vino, buscando apreciar todos sus aromas y mantener mejor su temperatura para degustarlo bien. 

El clarete, especialmente en muchas zonas rurales de Castilla o Andalucía, continúa sirviéndose con frecuencia en el tradicional chatillo o vaso pequeño, una costumbre heredada de las tabernas y bodegas.

El maridaje

El rosado marida magníficamente con:

      Sardinas espetadas, mariscos, ensaladas, arroces, pescados fritos o a la parrilla, ensaladas, pastas..

El clarete, gracias a su mayor estructura, acompaña muy bien:

      Embutidos, morcillas y chorizos, lomo en horza, carnes a la brasa, chacinas, guisos tradicionales...

Y ahora... el Vino Costa

Quisiera terminar hablando de un vino muy nuestro, muy granadino y sobre todo en la Costa Tropical de Granada.  Aún es poco conocido fuera de nuestra tierra , me refiero al Vino Costa.

Aunque muchas personas podrían pensar que es un rosado, en realidad, por su forma de elaboración, se aproxima mucho más al clarete. En breve, realizaré otra entrada en este blog solo para este vino. 

Se trata de un vino tradicional, artesanal y me atrevería a decir que ecologico, por el cuidado y buen hacer en viña y en bodega. Se cosecha y elabora en la Sierra de la Contraviesa, dentro de la Alpujarra granadina, a partir de viñedos situados entre los 1.000 y los 1.400 metros de altitud, uno de los viñedos de montaña más singulares de Andalucía.

Bodega Piedras Blancas, Torvizcon 

Su elaboración mantiene una tradición centenaria. En el lagar se mezclan distintas variedades blancas y tintas procedentes del mismo viñedo: Vigiriega, Tempranillo, Garnacha, Syrah, Jaén blanco... algunas cepas o viñedos están plantados desde  antes de la filoxera, sobreviviendo a ella, constituyendo un auténtico patrimonio vitícola, otras variedades fueron injertadas tras la filoxera. 

De la mezcla de uvas blancas y tintas, nace el mosto que fermentará posteriormente, dando lugar a un vino con esencia propia. 

Históricamente, este vino se bajaba desde La Alpujarra- Contraviesa  hasta los pueblos de la Costa Tropical para su venta, llegaban de pueblos como Albondón, Albuñol, Polopos, el paraje del Haza del Lino, Cástaras, Cádiar, Murtas o de parajes o cortijos como Piedras Blancas. En la Costa gustaba mucho y alcanzó tanta fama y aceptación que terminó siendo conocido simplemente como Vino Costa, nombre que ha llegado hasta nuestros días.

Queda explicado y entendemos que el  Vino Costa no recibe ese nombre porque se elaborase en la Costa, sino porque tradicionalmente se bajaba desde la Contraviesa y la Alpujarra para venderse en la Costa Tropical ( Almuñécar, Motril,..) donde alcanzó una gran popularidad. Ese matiz enriquece mucho la historia del vino y merece la pena conservarlo.

¿Cómo es el Vino Costa?

Su color suele presentar tonos rosados intensos, cobrizos o ligeramente anaranjados, muy próximos a los claretes tradicionales. En nariz resulta muy afrutado, con recuerdos de fruta madura, flores y monte bajo. En boca sorprende por su equilibrio: es fresco, agradable, con buena acidez, un paso sedoso y un retrogusto persistente que demuestra que juventud no está reñida con personalidad.

Su maridaje es profundamente andaluz:  Plato alpujarreño, migas con melón o con naranja, pescados fritos, quesos, carnes a la brasa, morcillas y chorizos, embutidos tradicionales,..

Brindis y cortijo-bodega Piedras Blancas al fondo.
En definitiva

El rosado, el clarete y el Vino Costa pueden parecer vinos similares por su color, pero cada uno posee una identidad propia, una historia y una forma de elaboración diferente.

Conocer estas diferencias nos permite apreciar mejor el trabajo de los viticultores y enólogos y, sobre todo, disfrutar cada copa sabiendo qué hay detrás de ella.

Porque el vino no solo se bebe; también se comprende, se comparte y se cuenta. Y pocas tierras tienen tantas historias que contar como la nuestra.




sábado, 11 de julio de 2026

El placer de volver a Bodegas Piedras Blancas, en el corazón de la Alpujarra-Contraviesa

Vino blanco ecologico y vegano 
                                                    
Volver a Bodegas Piedras Blancas: vinos de altura con alma granadina

Volvemos a visitar Bodegas Piedras Blancas, en Torvizcón, situada en pleno corazón de la Alpujarra-Contraviesa granadina y perteneciente a la DO de Granada, con una viticultura de alta montaña, tradicionl y ecológica. 

Cortijo Bodegas Piedras Blancas, Torvizcón

La bodega, fundada en 1969, recibe su nombre del Cortijo Piedras Blancas, donde se encuentra ubicada, a más de 1.200 metros de altitud, en un enclave privilegiado entre Sierra Nevada y el mar Mediterráneo, por esos sus viñedos son espectaculares. 

 

Dicen que una persona siempre vuelve allí donde fue feliz. Algo parecido me sucede con la Alpujarra-Contraviesa y con sus pueblos, sus fiestas y tradiciones, sus gentes, historias y cascarrillos,  sus paisajes y sus bodegas. Siempre es un placer regresar, reencontrarme con esos lugares que forman parte de mis recuerdos y descubrir cómo el paso del tiempo a veces, parece deternerse en algunos aspectos y en otros, avanza a muy buen ritmo. También es una oportunidad para volver a disfrutar de su gastronomía, de sus viñedos y de sus vinos, pero, sobre todo, para reencontrarme con las personas que mantienen viva esta tierra. 

 

Para llegar hasta la bodega si se sube desde la costa por Albuñol y Albondón, tras cultimar este pueblo, nos dirigimos por la carretera que va hacia Cádiar pero no llegamos, a la altura de  la Venta del Mediodía, nos dirigimos por la carretera segundaria que va al Haza del Lino. Y si no, ponemos el GPS y seguro llegamos . 

Es una vía serpenteante que regala unas vistas espectaculares dentro de la propia Sierra de la Contraviesa; Sierra Nevada nos acompaña l norte y a la vez, el mar Mediterráneo al sur. En un punto del recorrido, un desvío conduce hasta el cortijo donde se encuentra la bodega, rodeada de escarpados y bellísimos viñedos de altura. El paisaje invita a detenerse antes incluso de comenzar la visita. Eso fue precisamente lo primero que hicimos: bajar del coche, conocer a Eduardo, el enólogo de la bodega y pisar la tierra firme para subir hasta el viñedo y contemplarlo de cerca, acariciar sus viñas, ver los salcillos y algunas flores ya van dando paso a los racimos de uvas que se muestran  timidamente,  respirando el silencio, la libertad  y la inmensidad de este rincón privilegiado a unos 1200 m de altitud. 




Donde el vino y la amistad siempre esperan

Insisto que todos tenemos lugares a los que emociona profundamente regresar una y otra vez, y Bodegas Piedras Blancas es uno de ellos. Se trata de una bodega familiar, profundamente arraigada a la tradición vitivinícola de montaña, en  la Contraviesa, donde el trabajo de varias generaciones ha sabido conservar la esencia del pasado sin renunciar a la innovación. Cada visita permite comprobar los avances y los logros alcanzados, pero también confirmar que sigue intacto aquello que la hace especial: la esencia y naturalidad de los vinos, el esplendor de sus viñedos, la sencillez y cercanía de quienes la forman, la pasión con la que elaboran sus vinos y la hospitalidad con la que reciben a quienes llegan hasta este rincón de la Contraviesa. Muy agradecida siempre. 


Regresar a Piedras Blancas insisto,  es mucho más que visitar una bodega. Es volver a un lugar donde el aprendizaje, las experiencias entre viñas, las elaboraciones, las catas y las conversaciones sobre el vino, siempre forman parte de cada visita. 


Fue Paco Manzano, presidente de la Asociación Naturista río Monachil, una interesante asociación que apuesta por la naturaleza, los pueblos y el desarrollo rural. Fue Francisco Manzano quien me propuso volver a visitar la bodega. Bastó una llamada para que mi amigo Alejandro Romera, propietario de Bodegas Piedras Blancas, me respondiera con un ilusionado «¡por supuesto, aquí os esperamos!». Alejandro avisó a Eduardo Tur, enólogo de la bodega, que nos esperó  puntualmente.

Desde el primer momento nos hizo sentir como en casa. Respondió con paciencia y cercanía a todas mis preguntas y me acompañó durante el tiempo que quise recorrer los viñedos. Caminamos entre las cepas hablando de viticultura, del estado de la viña, de los trabajos que se realizan durante el año y de los retos de cultivar la vid en estas laderas de montaña. Sinceramente,  necesitaba volver a sentir ese contacto con el viñedo, tocar la tierra, acariciar las hojas y observar de cerca, unas viñas que siempre consiguen emocionarme.

Entre viñas, reencuentros y vino

Durante  del paseo se incorporó Paco y al ratito, nos reunimos con nuestros amigos Juan y Belen, para recorrer las instalaciones de la bodega. Eduardo nos fue mostrando las mejoras y los cambios realizados desde nuestra última visita, explicándonos cómo evolucionaban las distintas elaboraciones y los proyectos de futuro. Yo, buscaba siempre un momento para hacer la mejor foto e inmortalizar estos momentos que estabamos viviendo.  

La floración va dejando paso a las bayas

Las cubas de metal, la zona de crianza, la visita a las cubas viejas.. en cada rincón nos ibamos parando, haciendo alguna foto y hablando sobre el lugar. 

La visita terminó, como no podía ser de otra manera, con una cata de algunos de sus vinos. Brindamos por la salud, por la amistad y por los reencuentros mientras Eduardo nos guiaba con sus explicaciones, compartiendo los detalles de cada vino y entre todos, comentamos  nuestras impresiones durante la cata. Antes de despedirnos, no pudimos resistir la tentación de llevarnos algunas botellas a casa para seguir disfrutando de la Contraviesa.

 

Despedirnos con la promesa de volver  

Y llegó el momento de decir adiós. Como siempre, le digo hasta luego a una de las joyas de la bodega: la antigua prensa de vino colocada en el rellano de la entrada del cortijo,  probablemente la más bonita y una de las más antiguas de la Contraviesa. A mí me tiene completamente enamorada. Ella permanece allí, cual faro o vigía, parece dar la bienvenida a quienes llegan y despedir a quienes se marchan, guardando la memoria de tantas vendimias y tantas historias. Nos fuimos con la promesa de seguir en contacto con Eduardo y de volver muy pronto.

Salud, por la amistad, la bodega y el vino 

                                         

Quiero felicitar y agradecer siempr a Alejandro Romera y a toda la familia que forma Bodegas Piedras Blancas por su hospitalidad y por el magnífico trabajo que realizan. No solo por la calidad de sus vinos, sino también por su filosofía de respeto hacia el viñedo y por la forma de entender la viticultura y el buen hacer en la elaboración del vino. Ha sido una satisfacción comprobar la evolución de la bodega, los avances conseguidos y la ilusión con la que siguen afrontando el futuro. Estoy convencida de que seguirán creciendo, porque cuentan con un extraordinario patrimonio vitícola y con un gran equipo humano, al que Eduardo Tur aporta su profesionalidad, su  conocimiento y su pasión por el vino.

¡Salud y amor!