sábado, 11 de julio de 2026

El placer de volver a Bodegas Piedras Blancas, en el corazón de la Alpujarra-Contraviesa

Vino blanco ecologico y vegano 
                                                    
Volver a Bodegas Piedras Blancas: vinos de altura con alma granadina

Volvemos a visitar Bodegas Piedras Blancas, en Torvizcón, situada en pleno corazón de la Alpujarra-Contraviesa granadina y perteneciente a la DO de Granada, con una viticultura de alta montaña, tradicionl y ecológica. 

Cortijo Bodegas Piedras Blancas, Torvizcón

La bodega, fundada en 1969, recibe su nombre del Cortijo Piedras Blancas, donde se encuentra ubicada, a más de 1.200 metros de altitud, en un enclave privilegiado entre Sierra Nevada y el mar Mediterráneo, por esos sus viñedos son espectaculares. 

 

Dicen que una persona siempre vuelve allí donde fue feliz. Algo parecido me sucede con la Alpujarra-Contraviesa y con sus pueblos, sus fiestas y tradiciones, sus gentes, historias y cascarrillos,  sus paisajes y sus bodegas. Siempre es un placer regresar, reencontrarme con esos lugares que forman parte de mis recuerdos y descubrir cómo el paso del tiempo a veces, parece deternerse en algunos aspectos y en otros, avanza a muy buen ritmo. También es una oportunidad para volver a disfrutar de su gastronomía, de sus viñedos y de sus vinos, pero, sobre todo, para reencontrarme con las personas que mantienen viva esta tierra. 

 

Para llegar hasta la bodega si se sube desde la costa por Albuñol y Albondón, tras cultimar este pueblo, nos dirigimos por la carretera que va hacia Cádiar pero no llegamos, a la altura de  la Venta del Mediodía, nos dirigimos por la carretera segundaria que va al Haza del Lino. Y si no, ponemos el GPS y seguro llegamos . 

Es una vía serpenteante que regala unas vistas espectaculares dentro de la propia Sierra de la Contraviesa; Sierra Nevada nos acompaña l norte y a la vez, el mar Mediterráneo al sur. En un punto del recorrido, un desvío conduce hasta el cortijo donde se encuentra la bodega, rodeada de escarpados y bellísimos viñedos de altura. El paisaje invita a detenerse antes incluso de comenzar la visita. Eso fue precisamente lo primero que hicimos: bajar del coche, conocer a Eduardo, el enólogo de la bodega y pisar la tierra firme para subir hasta el viñedo y contemplarlo de cerca, acariciar sus viñas, ver los salcillos y algunas flores ya van dando paso a los racimos de uvas que se muestran  timidamente,  respirando el silencio, la libertad  y la inmensidad de este rincón privilegiado a unos 1200 m de altitud. 




Donde el vino y la amistad siempre esperan

Insisto que todos tenemos lugares a los que emociona profundamente regresar una y otra vez, y Bodegas Piedras Blancas es uno de ellos. Se trata de una bodega familiar, profundamente arraigada a la tradición vitivinícola de montaña, en  la Contraviesa, donde el trabajo de varias generaciones ha sabido conservar la esencia del pasado sin renunciar a la innovación. Cada visita permite comprobar los avances y los logros alcanzados, pero también confirmar que sigue intacto aquello que la hace especial: la esencia y naturalidad de los vinos, el esplendor de sus viñedos, la sencillez y cercanía de quienes la forman, la pasión con la que elaboran sus vinos y la hospitalidad con la que reciben a quienes llegan hasta este rincón de la Contraviesa. Muy agradecida siempre. 


Regresar a Piedras Blancas insisto,  es mucho más que visitar una bodega. Es volver a un lugar donde el aprendizaje, las experiencias entre viñas, las elaboraciones, las catas y las conversaciones sobre el vino, siempre forman parte de cada visita. 


Fue Paco Manzano, presidente de la Asociación Naturista río Monachil, una interesante asociación que apuesta por la naturaleza, los pueblos y el desarrollo rural. Fue Francisco Manzano quien me propuso volver a visitar la bodega. Bastó una llamada para que mi amigo Alejandro Romera, propietario de Bodegas Piedras Blancas, me respondiera con un ilusionado «¡por supuesto, aquí os esperamos!». Alejandro avisó a Eduardo Tur, enólogo de la bodega, que nos esperó  puntualmente.

Desde el primer momento nos hizo sentir como en casa. Respondió con paciencia y cercanía a todas mis preguntas y me acompañó durante el tiempo que quise recorrer los viñedos. Caminamos entre las cepas hablando de viticultura, del estado de la viña, de los trabajos que se realizan durante el año y de los retos de cultivar la vid en estas laderas de montaña. Sinceramente,  necesitaba volver a sentir ese contacto con el viñedo, tocar la tierra, acariciar las hojas y observar de cerca, unas viñas que siempre consiguen emocionarme.

Entre viñas, reencuentros y vino

Durante  del paseo se incorporó Paco y al ratito, nos reunimos con nuestros amigos Juan y Belen, para recorrer las instalaciones de la bodega. Eduardo nos fue mostrando las mejoras y los cambios realizados desde nuestra última visita, explicándonos cómo evolucionaban las distintas elaboraciones y los proyectos de futuro. Yo, buscaba siempre un momento para hacer la mejor foto e inmortalizar estos momentos que estabamos viviendo.  

La floración va dejando paso a las bayas

Las cubas de metal, la zona de crianza, la visita a las cubas viejas.. en cada rincón nos ibamos parando, haciendo alguna foto y hablando sobre el lugar. 

La visita terminó, como no podía ser de otra manera, con una cata de algunos de sus vinos. Brindamos por la salud, por la amistad y por los reencuentros mientras Eduardo nos guiaba con sus explicaciones, compartiendo los detalles de cada vino y entre todos, comentamos  nuestras impresiones durante la cata. Antes de despedirnos, no pudimos resistir la tentación de llevarnos algunas botellas a casa para seguir disfrutando de la Contraviesa.

 

Despedirnos con la promesa de volver  

Y llegó el momento de decir adiós. Como siempre, le digo hasta luego a una de las joyas de la bodega: la antigua prensa de vino colocada en el rellano de la entrada del cortijo,  probablemente la más bonita y una de las más antiguas de la Contraviesa. A mí me tiene completamente enamorada. Ella permanece allí, cual faro o vigía, parece dar la bienvenida a quienes llegan y despedir a quienes se marchan, guardando la memoria de tantas vendimias y tantas historias. Nos fuimos con la promesa de seguir en contacto con Eduardo y de volver muy pronto.

Salud, por la amistad, la bodega y el vino 

                                         

Quiero felicitar y agradecer siempr a Alejandro Romera y a toda la familia que forma Bodegas Piedras Blancas por su hospitalidad y por el magnífico trabajo que realizan. No solo por la calidad de sus vinos, sino también por su filosofía de respeto hacia el viñedo y por la forma de entender la viticultura y el buen hacer en la elaboración del vino. Ha sido una satisfacción comprobar la evolución de la bodega, los avances conseguidos y la ilusión con la que siguen afrontando el futuro. Estoy convencida de que seguirán creciendo, porque cuentan con un extraordinario patrimonio vitícola y con un gran equipo humano, al que Eduardo Tur aporta su profesionalidad, su  conocimiento y su pasión por el vino.

¡Salud y amor!







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